Notas sobre la uberización del pensamiento
Reeducar al hombre consistirá en enseñarle de nuevo a estimar correctamente los objetos, i. e: a necesitar pocos.
Nicolás Gómez Dávila
En un célebre fragmento de su notable Carta sobre el humanismo, Martin Heidegger expresó y desarrolló con sombrío discernimiento la forma en la que el lenguaje es la casa del ser, la manera en la que en su morada habita el individuo. La filosofía de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI bebe todavía de tal interrogante, enmascarado de afirmación. Heidegger despliega allí la idea de que el sujeto no utiliza el lenguaje, como si fuera una herramienta de expresión, sino que su relación con él, que es a la vez la relación consigo mismo, ocurre en esa morada propiamente temporal. Cada quien apretujándose en su hogar mental, en la mentira de lo que consideramos interacción comunicativa.
Tal ilusión es, empero, ciertamente poética: pues si es verdad que los conceptos de “hogar” y de “hoguera” poseen una raíz latina convergente –focus-, que traduce algo semejante a “fuego del hogar” y/o “fogón” (fogar = hogar, en extrapolación fonética secular: fuego-hoguera en el sentido de “una” llama de intensidad variante[1]), lo que llamamos conversación es quizás la comunión contemplativa entre el fuego, en su entorno, de destello en destello; unos resplandores con mayor y menor capacidad de contagio que otros.

Ahora bien, en tal naturaleza, el individuo pronto mostró ser dividual, hondamente divisible y dividido, y en su carácter fragmentado y despojado, encontró en la llama múltiple un pasaje, una residencia inmaterial que lo cobija. El sentido de esta llama será su camino. El hogar como efecto no es simplemente una locación: es el tiempo del fuego que cobija y alienta, manteniéndose encendido con lentitud y reserva. De esta manera, etimológicamente, nuestro hogar, su corazón mismo como génesis de emergencia, es literalmente la presencia de un fuego alrededor del cual se habita y se reúne eso que llamamos yo: un yo siempre ondulante, de naturaleza discontinua, zigzagueante y móvil.
Es conocido que toda la filosofía de Heidegger habita y nace de la obra poética de Friedrich Hölderlin (1770–1843). Y de Nietzsche por supuesto. El filósofo de provincia sintomatizó bien, gracias a Hölderlin, que la existencia moderna está marcada por una escisión: el ser humano descuidó su hoguera mental, la convirtió en calefacción de caducidad programada. Si la condición humana, según el poeta, es un habitar donde los dioses ya han sido y todavía no son, entendemos por dioses la clave de Octavio Paz: la llama doble, el amor y el erotismo.
Volvamos un momento al siglo XIX. El lenguaje, y la naturaleza que crea, no es (esta vez) para Hölderlin simplemente el conjunto de objetos físicos y visibles que contará la estadística. Es una composición viviente y respirante (como cuando se dice “dejar respirar al fuego”), en la que eso que llamamos ser humano está originariamente inserto y oculto. Una misma substancia. Por eso la poesía contiene una dimensión filosófica: busca dar aire a una llama sobresaturada.
Vemos en nosotros, entre nosotros, con algo de suciedad (la suciedad del carbonero) que el lenguaje del siglo XXI se dejó ahogar: el individuo globalizado ha hecho de su morada (de su lenguaje interior, de su pensamiento) un apartamento cerebral arrendado, gentrificadamente estrecho y asfixiante, por el que se endeuda para vivir en hipoteca: homo debitor. Su andar pensante es un tropezarse con torpes muebles verbales fabricados en serie, estorbosos los más, innecesarios en su mayoría. Hablar no es comunicar, es alquilar un servicio en congestión, resignarse voluntariamente -y complacido- a vivir lingüísticamente en un compartimento estrecho y abarrotado. En una pocilga mental.

El exceso de carbón, marca registrada, sofoca el oxígeno del pensamiento. El afán, miope y apresurado -parafraseando al filósofo que decidió permanecer en provincia-, vence a la velocidad certera de la llamarada de la inteligencia. Confundimos aceleración con acelere. El hollín es la morada del ser del siglo XXI.
Pablo García Arias
Doctor en Filosofía y Letras
Docente e Investigador
[1] DE MIGUEL, Raimundo, y Joaquín Gómez de la Cortina, Marqués de Morante. Nuevo diccionario latino-español etimológico. 28.ª ed. Madrid: Librería General de Victoriano Suárez, 1958.
Imágenes: Cai Guo Qiang