Uno de los caballos más entrañables de Colombia y un símbolo profundo de identidad nacional no es el célebre Palomo, del Libertador Simón Bolívar, ni el costoso y exótico Túpac Amaru, emblema de ostentación en los círculos del narcotráfico de los años ochenta. El caballo que nos convoca aquí es más humilde, popular y simbólicamente poderoso: el caballito de Ráquira.

Su origen se remonta, según diversas fuentes, a las primeras décadas del siglo XX. Muchos coinciden en atribuir la creación del primer prototipo al señor Antonio Rodríguez, quien habría modelado la pieza hacia la década de 1920. Sin embargo, el pensador e historiador Germán Arciniegas alude al caballito como una construcción colectiva, expresión genuina del arte popular, y lo interpreta como una sátira dirigida a los patrones terratenientes, quienes tradicionalmente eran los únicos que poseían caballos.
A lo largo del siglo, diversos maestros artesanos han tomado esta figura como eje de su producción cerámica, entre ellos Próspero Cerero, Juan de Dios Suárez y, en tiempos más recientes, Sabulón Melo. Gracias a su persistente presencia en el imaginario colectivo, el caballito de Ráquira ha trascendido la artesanía para ocupar un lugar en la historia del arte colombiano como símbolo de resistencia cultural y orgullo campesino.
Su importancia como emblema identitario es evidente en el campo de las artes visuales. Un caso notable es el del maestro bogotano Miguel Díaz Vargas (Bogotá, 1886 – 1956), quien en su obra “Ceramistas de Ráquira” (1940) representa una escena costumbrista que retrata a una familia alfarera trabajando en su taller a las afueras del pueblo. En la pintura, varias figuras manipulan o elaboran el caballito de Ráquira, que se convierte en el elemento central de la composición y en símbolo del oficio artesanal como patrimonio cultural.

Adquirido por el Instituto Colombiano de Cultura con destino al Museo Nacional (27.4.1971) – Reg.2725
Igualmente destacable es la obra del fotógrafo y pintor Luis Benito Ramos, quien en una de sus composiciones más conocidas capta, en un expresivo contrapicado, a un niño raquireño sonriente que sostiene en su mano un caballito de barro. Esta fotografía, probablemente realizada en los años treinta, se inserta en un contexto de profundas transformaciones culturales. Durante esa década, hechos como la elección del presidente liberal Enrique Olaya Herrera (Guateque, 1880 – Roma, 1937) propiciaron un ambiente propenso a la reflexión estética sobre lo nacional, lo autóctono y lo popular, en oposición a los cánones académicos heredados de Europa.

En este nuevo horizonte artístico, los sujetos tradicionalmente marginados —campesinos, obreros, indígenas y afrocolombianos— comenzaron a ocupar un lugar central en la representación visual del país. Y con ellos, los símbolos de su mundo material y espiritual, como el caballito de Ráquira, pasaron de ser simples objetos artesanales a portadores de un relato identitario profundo.
Incluso en el ámbito musical, este ícono encontró resonancia. El maestro Gustavo Adolfo Rengifo compuso en los años setenta un hermoso torbellino titulado “Caballito de Ráquira”, que reitera la importancia de este modesto pero elocuente caballo como símbolo del alma popular colombiana.

Así, el caballito de Ráquira no es sólo una pieza de cerámica: es una metáfora de la nación mestiza, una declaración de pertenencia, una figura de barro que sintetiza siglos de historia, resistencia y creación colectiva.
Queda más que claro que la cultura popular es parte fundamental de la identidad nacional.
Neil Avella González – 2025