TRES CARTAS DE GOYA

Estas tres cartas, escritas por Francisco de Goya entre 1792 y 1826, permiten pensar a Goya más allá del lienzo. En ellas aparece un Goya directo, crítico y profundamente consciente de su oficio: defiende la libertad del creador frente a las rígidas reglas académicas, advierte sobre los daños que puede causar una restauración excesiva y, ya al final de su vida, solicita al rey su jubilación después de más de cincuenta años de servicio. Separadas por más de tres décadas, las cartas trazan también un recorrido vital: del artista que cuestiona la enseñanza oficial y reclama espacio para el talento individual, al pintor experimentado que protege la integridad de las obras y, finalmente, al hombre de ochenta años que habla de su salud, del paso del tiempo y de su deseo de regresar a Francia. Son documentos breves, pero extraordinarios para acercarse a la personalidad, las ideas y la sensibilidad de uno de los grandes nombres de la historia del arte.

El Pelele – 1791 – 1792. Óleo sobre lienzo, 267 x 160 cm

Madrid, 14 de octubre de 1792.

Excelentísimo Señor:

Cumpliendo por mi parte con la orden de Vuestra Excelencia para que cada uno de nosotros exponga lo que tenga por conveniente sobre el Estudio de las Artes, digo:

Que las Academias no deben ser privativas, ni servir más que de auxilio a los que libremente quieran estudiar en ellas, desterrando toda sujeción servil de Escuela de Niños, preceptos mecánicos, premios mensuales, ayudas de costa, y otras pequeñeces que envilecen y afeminan un Arte tan liberal y noble como es la Pintura. Tampoco se debe prefijar tiempo de que estudien Geometría ni Perspectiva para vencer dificultades en el dibujo, que este mismo las pide necesariamente a su tiempo a los que descubren disposición y talento; y cuanto más adelantados en él, más fácilmente consiguen la ciencia en las demás Artes, como tenemos los ejemplares de los que más han subido en este punto, que no los cito por ser cosa tan notoria.

Daré una prueba para demostrar con hechos que no hay reglas en la Pintura, y que la opresión u obligación servil de hacer estudiar o seguir a todos por un mismo camino es un grande impedimento a los Jóvenes que profesan este arte tan difícil, que toca más en lo Divino que ningún otro, por significar cuanto Dios ha criado. El que más se haya acercado podrá dar pocas reglas de las profundas funciones del entendimiento que para esto se necesitan, ni decir en qué consiste haber sido más feliz tal vez en la obra de menos cuidado que en la de mayor esmero. ¡Qué profundo e impenetrable arcano se encierra en la imitación de la divina naturaleza, que sin ella nada hay bueno, no solo en la Pintura (que no tiene otro oficio que su puntual imitación) sino en las demás ciencias!

Aníbal Carache resucitó la Pintura que desde el tiempo de Rafael estaba decaída. Con la liberalidad de su genio dio a luz más discípulos y mejores que cuantos Profesores ha habido, dejando a cada uno correr por donde su espíritu le inclinaba, sin precisar a ninguno a seguir su estilo ni método, poniendo solo aquellas correcciones que se dirigen a conseguir la imitación de la verdad, y así se ven los diferentes estilos de Guido, Guarchino, Andrea Saqui, Lanfranco, Albano, etc.

No puedo dejar de dar otra prueba más clara. De los Pintores que hemos conocido de más habilidad, y que más se han esmerado en enseñar el camino de sus fatigados estilos (según nos han dado a entender) ¿cuántos discípulos han sacado? ¿En dónde están estos progresos, estas reglas, este método? De lo que han escrito se ha conseguido otro adelantamiento más que interesar a los que no son ni han podido ser Profesores, con el objeto de que realzasen más sus obras y darles amplias facultades para decidir aun a presencia de los inteligentes de una tan sagrada Ciencia que tanto estudio exige (aun de los que han nacido para ella) para entender y discernir lo mejor.

Me es imposible expresar el dolor que me causa el ver correr tal vez la licenciosa o elocuente pluma (que tanto arrastra al no profesor) e incurrir en la debilidad de no conocer a fondo la materia que está tratando. ¡Qué escándalo no causará el oír despreciar la naturaleza en comparación de las Estatuas Griegas, por quien no conoce ni lo uno ni lo otro, sin atender que la más pequeña parte de la naturaleza confunde y admira a los que más han sabido! ¿Qué Estatua ni forma de ella habrá que no sea copiada de la Divina naturaleza? ¿Por más excelente Profesor que sea el que la haya copiado, dejará de decir a gritos puesta a su lado que la una es obra de Dios y la otra de nuestras miserables manos? El que quiera apartarse y enmendarla sin buscar lo mejor de ella, ¿dejará de incurrir en una manera reprensible monótona de Pinturas, de modelos de Yeso, como ha sucedido a todos los que puntualmente lo han hecho?

Parece que me aparto del fin primero, pero nada hay más preciso, si hubiera remedio, para la actual decadencia de las Artes sino que se sepa que no deben ser arrastradas del poder ni de la sabiduría de las otras ciencias, y sí gobernadas del mérito de ellas, como siempre ha sucedido cuando ha habido grandes ingenios florecientes. Entonces cesan los despóticos entusiastas y nacen los prudentes amadores, que aprecian, veneran y animan a los que sobresalen, proporcionándoles obras en que puedan adelantar más su ingenio, ayudándolos con el mayor esfuerzo a producir todo cuanto su disposición promete. Esta es la verdadera protección de las Artes, y siempre se ha verificado que las obras han creado los hombres grandes.

Por último, Señor, yo no encuentro otro medio más eficaz de adelantar las Artes, ni creo que le haya, sino el de premiar y proteger al que despunte en ellas; el de dar mucha estimación al Profesor que lo sea; y el de dejar en su plena libertad correr el genio de los Discípulos que quieren aprenderlas, sin oprimirlo ni poner medios para torcer la inclinación que manifiestan a este o aquel estilo en la Pintura.

He dicho mi parecer, cumpliendo con el encargo de Vuestra Excelencia. Mas si mi mano no gobierna la pluma como yo quisiera para dar a entender lo que comprendo, espero que Vuestra Excelencia la disculpará, pues la he tenido ocupada toda mi vida deseando conseguir el fruto de lo que estoy tratando.

Excelentísimo Señor.

Francisco de Goya

La Verdad, el Tiempo y la Historia. Óleo sobre lienzo. 294 x 244 cm 1800

Madrid, 2 de Enero de 1801.

Excelentísimo Señor Don Pedro Cevallos.

En cumplimiento de la Real Orden que Vuestra Excelencia se ha servido comunicarme con fecha 30 de diciembre último para que informe acerca de los cuadros de que se halla encargado don Angel Gomez Marañón, reconociendo los que ha pasado a lienzos nuevos y los que ha lavado y refrescado, y manifestando las ventajas o detrimentos que puedan padecer las pinturas por esta composición, examinado el método y la calidad de los ingredientes que emplea para su lustre, debo exponer a Vuestra Excelencia que, habiéndome presentado inmediatamente en el Buen Retiro, ví y consideré con la mayor atención los trabajos de aquel artista y el estado de los cuadros, entre los cuales se me ofreció el primero el de Séneca, que tenía en maniobra para limpiarlo y hecha ya la mitad de su lustre y bruñido.

No puedo ponderar a Vuestra Excelencia la disonancia que me causó el cotejo de las partes retocadas con las que no lo estaban, pues en aquéllas se había desaparecido y destruido enteramente el brío y valentía de los pinceles y la maestría de delicados y sabios toques del original que se conservaban en éstos; con mi franqueza natural, animada del sentimiento, no le oculté lo mal que me parecía. A continuación se me mostraron otros, y todos igualmente deteriorados y corrompidos a los ojos de los profesores y de los verdaderos inteligentes, porque además de ser constante que cuanto más se toquen las pinturas con pretexto de su conservación más se destruyen, y que aun los mismos autores reviviendo ahora, no podrían retocarlas perfectamente a causa del tono rancio de colores que les da el tiempo, que es también quien pinta, según máxima y observación de los sabios, no es fácil retener el intento instantáneo y pasajero de la fantasía y el acorde y concierto que se propuso en la primera ejecución, para que dejen de resentirse los retoques de la variación. Y si esto se cree indispensable en un artista consumado, ¿qué ha de suceder cuando lo emprende el que carece de sólidos principios?

Por lo tocante a la naturaleza de los ingredientes con que se da el lustre a las pinturas, aunque pregunté de cuáles se valía, sólo me anunció que era clara de huevo, sin otra explicación; de suerte que conocí desde luego se formaba misterio y había interés en ocultar la verdad; pero entiendo que no merece el asunto ningún exámen, y que, como todo lo que huele a secretos, es poco digno de aprecio.

Tal es el dictamen que con brevedad y sencillez, sujeto siempre a mejores luces y conocimientos, pongo en la consideración de Vuestra Excelencia aprovechando esta oportunidad de ofrecerle mi respeto.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia muchos años.

Francisco de Goya.

Madrid, 30 de Mayo de 1826.

Señor.

Francisco Goya, Pintor de Cámara de Vuestra Magestad a sus Reales Pies rendidamente represento.

Que tengo 80 años; que he servido 53 a los Augustos Padres y Abuelo de Vuestra Magestad, después que Mengs me hizo venir de Roma; que a mi edad, mis achaques, y los médicos que obligaron a pasar a Francia á restablecer mi quebrantada salud; que lo he conseguido en parte; y aunque los facultativos me aseguraban que me curarian de los dolores de cabeza que padezco, he preferido, al acabarse mi licencia, venir á ponerme a Los Pies de Vuestra Magestad, como su fiel criado, para suplicarle se digne concederme mi jubilación con el honorario que gozo o con el que sea del Agrado de Vuestra Magestad para volver a aprovecharme del clima, alimentos y baños que tanto me han aliviado, si la bondad de Vuestra Magestad me concede esta gracia.

Así el cielo prospere a Vuestra Magestad como se lo pido en Madrid a 30 de Mayo de 1826.

Señor,
A Los Reales Pies de Vuestra Magestad,
su mas fiel criado,

Francisco de Goya.

Quienes quieran adentrarse todavía más en la voz cotidiana, profesional y personal del pintor pueden consultar como anexo Francisco de Goya. Diplomatario, una extensa recopilación documental que reúne 284 textos escritos por Goya entre 1771 y 1828, junto con otros 197 documentos dirigidos a él o relacionados con su vida. Sus páginas permiten seguir al artista a través de cartas, testimonios, documentos oficiales y anotaciones, pero también descubrir detalles menos conocidos de su escritura y de sus relaciones personales. La edición incluye, además, los dibujos que incorporó en algunas cartas a su amigo Martín Zapater, una cronología de su vida y un singular repertorio de unas 3.500 palabras tomadas de sus manuscritos.

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